Cuentos de London

Jack London, probablemente nacido como John Griffith Chaney, ​​​ fue un escritor estadounidense, autor de Colmillo Blanco, La llamada de lo salvaje ​ y otras novelas y cuentos.
Hace unos días sonó el teléfono. La típica pregunta:
– ¿Ustedes compran libros?
– Sí, compramos.
– Tengo muchos libros que quisiera vender.
– ¿Cuántos más o menos?
– Son muchos
– ¿Mil, doscientos, cien, cincuenta?
– La verdad que no tengo idea, no los conté, pero son bastantes, es toda una pared.
– Ah. Está bien. ¿Y de qué tema?
– Hay variado. Novelas, historia, política.
– Bueno. Los tendríamos que ver.
Anoto la dirección y arreglamos.
Al otro día voy a ver los libros. Era una vieja casona en Flores. Toqué el timbre y salió a abrirme una mujer. Debía andar por los cincuenta.
– Pase. Están por ahí.
Era una biblioteca de una pared, tal como me había dicho.
– ¿Quiere tomar algo?
– No. Gracias.
– Bueno, lo dejo que mire tranquilo entonces.
Me pongo a revisar y a bajar los libros que me interesan. Hay de todo: ficción, filosofía, ensayo, historia.
En un momento, la mujer se acerca y se inclina sobre una de las pilas:
– Permiso – me dice.
Levanta un libro, lo abre y se pone a mirarlo. Eran los Cuentos de London en una vieja edición de Zig-Zag. Cuando lo apoyé sobra la pila de libros, me acuerdo que pensé que probablemente me lo quedaría.
Sigo revisando la biblioteca mientras la observo por el rabillo del ojo.
Después de unos minutos la mujer lo cierra con fuerza y se queda en silencio. Percibo que su respiración se acelera.
Trato de seguir mirando los libros hasta que en un momento a la mujer se le escapa un sollozo.
– ¿Está bien?
– Sí. No se preocupe. Es que este libro me lo leía mi padre antes de dormirme cuando era chica. Durante años le pedía siempre las mismas historias.
Le sonrío.
– Era un gran lector. Su padre – digo por decir algo.
– Sí. Gracias.
Sigue llorando, no sé qué hacer. Me acerco y la abrazo. Es una nena en mis brazos.
No sé cuánto tiempo estuvimos así.
Al final nos separamos. Con embarazo y todavía moqueando me dice:
– Disculpe. No sé qué me pasó.
– No tiene nada de malo. Es lo más normal del mundo.
– Siga, no lo molesto más – dejó el libro donde estaba y se fue a sentar en un sillón.
– Consérvelo, señora.
– No, no, lléveselo. Es mejor así.
– En serio, ¿por qué no se lo queda?
– No, de verdad, gracias.
No insisto. Después de una segunda revisión, separo alrededor de ciento cincuenta libros. Le hago una oferta que ella acepta sin dudar.
Saco las bolsas de la mochila y empiezo a embolsar los libros.
– Bueno, listo.
– Le abro.
Cuando se da vuelta para ir hacia la puerta, saco el libro de London que había dejado primero en una de las bolsas, y lo dejo detrás de una pequeña escultura en la mesa ratona.
Nos despedimos en la puerta. Cargué los libros en el auto y me fui.
Tal vez, cuando vuelva a entrar o cuando llame a otro librero por lo que quedó, lo vea y decida conservarlo. Tal vez se de cuenta que en ese libro aun está la voz de su padre, porque la voz de los lectores queda atrapada para siempre en los libros, y cada libro tiene todas las voces que alguna vez contaron su historia.
Quizás no lo sabía o no lo pudo ver, por el dolor o la sorpresa.
Quise darle otra oportunidad, todos nos merecemos una.
Autor desconocido.

#Saludos #Entrecanos,

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